lunes, 20 de octubre de 2008

EL DIA QUE EL MEDICO SE VOLVIO PACIENTE


Ocurrió una noche. Los antecedentes que precedieron a esta novedad se dieron en el hospital en el que trabajo. En la guardia que estuvimos residentes e interno rotativo ingresó por la emergencia una señora de 40 años de edad que durante más o menos diez años trató de embarazarse y al final lo consiguió. Como de costumbre y por aumentar los honorarios médicos -supongo-, se le practicó una cesárea a las 23h00. El bebé nació aparentemente bien, a pesar de tener un doble circular de cordón y un meconio pesado, pero su apgar fue de 7 - 9. En la madrugada la señora aparentemente pasó bien, sus presiones arteriales fluctuaban entre 120/70, pero en la mañana siguiente todo cambió. El cambio de guardia que debía darse a las 07h00 no se lo pudo hacer porque la señora presentó convulsiones -compatible con eclampsia-, se le ingresó a la unidad de cuidados intensivos con sulfato de magnesio de acuerdo al algoritmo, nifedipino e hidralazina para controlar su presión que esta vez estaba en 150/110. Con todos los cuidados del caso, la señora en la misma terapia intensiva volvió a convulsionar y esa misma noche entró en coma. La mañana siguiente, cuando volví al hospital -y sin conocer los antecedentes del coma y de la presión arterial- me dijeron que la señora tuvo muerte cerebral y que se la desconectó.
Fue realmente impactante, porque nunca había visto un cuadro tan súbito de tan rápida evolución. El padre de la criatura y el resto de su numerosa familia lloraron la pérdida en la planta baja del hospital ante las miradas impotentes de médicos, enfermeras, residentes, internos y demás.
Desde esa noche por la presión que nos pusieron, por los reclamos a quienes estuvimos de guardia y por el estrés en el que se convirtió el servicio de ginecología del hospital no dormí durante siete días y noches más de dos horas seguidas, sea por estrés, por trabajo o por insomnio. El resultado de eso se reflejó en que al séptimo día en la madrugada, mientras intentaba dormir mi mano derecha empezó a temblar de una forma extraña, involuntaria e increíble para mi vista. No sabía que hacer e intenté descansar -y engañarme- pensando que si me dormía todo iba a estar bien a la mañana siguiente. No fue así.
Dormí como una hora y media y al despertar el temblor y movimiento involuntario de los dedos de mi mano continuaba, así que al ir al hospital, consulté en la emergencia y ahí me ingresaron cual paciente. Me pusieron un dish en la vena (que realmente dolió), me dieron 35 mg de alprazolam que no sirvieron de un carajo mientras mi mano seguía temblando. Luego de unos minutos de estar sin ropa y con una bata en la camilla llegó la neuróloga que al indagar en mi historia clínica -entre anamnesis y examen físico- me dijo que tenía "trastorno por deprivación de sueño".
Salí ese mismo día con la orden de dormir por cuarenta y ocho horas SEGUIDAS, y lo logré, puesto que la medicación que me recetó, clobazam 30 mg QD, nokearía hasta a un caballo.
En ese momento y sólo en ese momento entendí lo que se siente estar en la camilla de un hospital en la emergencia, esperando que alguien te atienda, mientras el tiempo avanza y la desesperación crece. Algunos residentes pendejos del servicio creen que fue una simulación, pero vaya que el estrés puede deteriorar a la gente, eso aprendí aquella mañana en la que a mis 24 años pude ver que ni la misma juventud es infalible a lo inevitable.

No hay comentarios: